domingo, 21 de septiembre de 2008

Marlene


Como perdido en el tiempo, como escondido en el espacio, un portón bien grande parece atrincherarlo del afuera y un pasillo en penumbras acentúa la distancia entre la calle y su corazón. Marlene parece estar por fuera de toda coordenada y, tal vez esa sea su mayor virtud, a la vez que su más acentuado problema. Un lugar definido por sí mismo, como resistiendo, definido por y para la identidad de su propia gente. Un lugar que, paradójicamente, adopta las formas de la invisibilidad lésbica, aunque se proponga lo contrario y luche por eso. Nada de entradas pomposas, casi sin gente en la puerta. Un timbrecito blanco es la vía de acceso. No parece la entrada de un boliche. No parece querer mostrarse como tal. No parece ser conciente de que se esconde.
Como pueblo chico que es, también es infierno grande y su destino parece ser siempre autorreferencial, como todo lugar casi familiar, si se quiere endogámico y atendido por sus propias dueñas, en un trato casi personalizado. Con clientas habitués y visitantes esporádicos.
La superproducción y la impostación no parecen ni pasarle cerca a Marlene. Mesitas sencillas, decorado austero, una lucecita que anuncia la llegada de las visitas se enciende cada vez que suena el timbre. La barra, poblada de algunos malevos que parecen tantear el territorio, tiene una reja negra, de esas de antes y es, tal vez, su decorado más ostentoso. Los grupos de chicas se suceden, se ubican, se reagrupan. Algunas parecen haber creado una moda de la antimoda. Camisas de jean con ribetes blancos, camperas de cuero con puño o zapatillas blancas cuyo talle 36 parece un 42, dibujan un paisaje de mujeres distintas, de mujeres no aggiornadas. Muchos rulos, algunos flequillos para las más señoritas. Una prolija raya al costado o un revuelto semi casual para las otras.
Muchas veces quise definir el concepto de “tortón patrio”, ese que aprendí antes de conocer al ambiente y no sé muy bien cómo, dónde ni cuándo lo escuché, pero sin embargo sabía perfectamente lo que significaba, sin poder explicarlo. Y hasta el día de hoy no he llegado a las palabras que me permitan escribirlo, pero sin dudas, Marlene es el mejor lugar para ensayarlo. Tortas de todos los colores y tamaños, de todos los estilos.
Siempre me gustaron los lugares de tortas y no sé por qué. Se me ocurre atribuirlo a sus antimodas, a los partidos de truco, a la lucecita que anuncia las visitas o a los partidos de metegol que se armaban en el entrepiso de Marlene hace unos años atrás (en la época en que las paredes estaban forradas de fotos de artistas gltb... extraño tanto esa decoración!). Seguramente lo que me convoca es la cumbia o la capacidad de su disc jockey de elegir pasar esa música que cualquier boliche que se precie de cool desdeñaría sin dudarlo (cuánto ha perdido Bach en este sentido!).
Siempre me gustaron los lugares de tortas, sí. Aunque para los putos que íbamos no fuera más que acercarnos literalmente para bailar o para acompañar a nuestras amigas. Y otra vez las virtudes de Marlene, otra vez las apariencias engañan. En este lugar que parece oscuro, la lucecita se vuelve a encender cuando llegan las visitas. Otra vez no todo es lo que parece y la paradoja de un portón casi muralla que es también una de las puertas más abiertas que he podido experimentar en un lugar para tortas. A los varones no nos hacen falta amigas mujeres que nos hagan las veces de pasaporte para poder entrar. Somos recibidos y bienvenidos por nosotros mismos, por estar ahí, por acercarnos a compartir y con una sonrisa. Lejos de perder la identidad lésbica, la presencia posible y real de varones no hace otra cosa que establecer que un otro no es necesariamente una amenaza y que el límite del respeto se marca con respeto. No es que no haya visto peleas en Marlene, no es que no haya sentido algunas miradas inquisidoras, es simplemente que la propuesta parte desde una perspectiva mucho más abierta y abarcativa. Y eso se nota, aún cuando para entrar al baño de varones tenga que pedir permiso porque está lleno de chicas y también por eso es justamente que se nota, porque por una vez hay un lugar que es para chicas en que el espacio les pertenece y donde mi especificidad de varón me ubica en otro lugar. Porque no es un sinsentido la presencia de un puto en un lugar para tortas, porque no es un sinsentido lo fraterno, porque no es un sinsentido el compañerismo, porque tampoco lo es el otro y el compartir y el conocerse. Porque vale la pena interactuar, porque está bueno bailar con una chica y que ella te guíe los pasos. Porque aunque me gustaría que no fuera necesario semejante portón, me importa mucho más saber que cada vez que llegue voy a iluminar el lugar, aunque sea mientras mi dedo esté presionando el timbre.

domingo, 24 de agosto de 2008

La obra del futuro


Solamente somos un grupo de personas que todavía busca construir la creencia de que el cambio se nutre de la fuerza esperanzadora de nuestros brazos. Ellos son la dinámica de los tiempos y la obra del futuro.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Puedes dejarte el conchero puesto


En un foro de debate e intercambio entre varones gays, un forista abrió el hilo de discusión: “¿Afeminados o masculinos? ¿Cómo te gustan?”. Con el consabido atractivo que ejercen sobre nosotros las opciones (siempre sin grises), muchos fuimos los que votamos. El total de votos, para ser exactos, fue de 526. Lo llamativo, en cambio, son los resultados. Un 96,96% de los foristas optó por los hombres masculinos, es decir, 510 personas, para ser exactos. Sólo 16 fueron los que votaron “afeminados”, representando un 3,04% del total.
La marcada diferencia entre las dos posibilidades entiendo que resulta representativa de una tendencia que es social y que se manifiesta, de este modo, en el colectivo gay: la violencia o fuerza coercitiva que ejerce la construcción del "macho", en un modelo social falocéntrico. Tal es así, que las distintas formas de poder son simbolizadas con la sugestiva forma de un cetro o una espada o la pluma (la que escribe, no la que se revolea).
La organización de nuestra realidad consiste en diversos planos como el político, el económico y las estructuras sociales, entre otros. Dichas estructuras, incluyen, además de los modos de relación (con sus consecuentes jerarquías), los diferentes pactos de significación y representación simbólica colectiva. Estos modos de significar construyen el poder y, a partir de ellos, éste funciona y ejerce su verdadera presión. El resultado es la naturalización de las categorías que impone. El propio significado (siempre una representación imaginaria) se borra a sí mismo. De este modo, construcciones que son sociales y potencialmente modificables, en tanto históricas, se vuelven inmutables.
La educación pública, nacida bajo el lema de la “libertad, igualdad, fraternidad” (ficción burguesa que nos daría a todos similares porciones del poder político, económico y social), es uno de los mecanismos más funcionales a la reproducción del orden imperante en sus distintos niveles. El aprendizaje de la organización política y económica y sus roles, instituciones y modus operandi se incluye en las currículas de Educación. ¿Pero qué pasa con las formas de la organización social? ¿Dónde se establecen esas relaciones de poder? "La familia es la base de la sociedad" repiten las maestras (casi siempre mujeres, claro). Y esa familia luego es dibujada por los niños en sus cuadernos de clases. Papá, mamá y los nenes. En algunos casos el perrito o el gato y la casita de fondo. Felicidad garantizada y el amor, siempre tan “universal”, garantizando las buenas intenciones de la educación.
¿Qué se esconde atrás de esas formas que aparecen en los esquemas de contenidos de la educación de manera tan insistente? La fijación de los distintos roles interpersonales parece materializarse en los garabatos infantiles. Papá maneja, trabaja, mantiene la casa. Mamá, en cambio, prepara la comida, mantiene todo limpio y mira, muy apasionada, telenovelas que apelaban a sus sentimientos y las formas de representación del amor, interés definido como femenino casi por unanimidad. Si bien algunas pautas de este modelo han ido cambiando en estos últimos tiempos, pareciera que, al menos, papá sigue manejando el mejor de los autos que hay en la familia (si hay más de uno) o que mamá usa el auto sólo cuando papá no lo necesita. Además, mamá mira sus novelas en la medida en que papá no haya llegado de trabajar y, siempre y cuando, no haya ningún partido de fútbol, que se impone inexorablemente sobre los gustos de cualquiera. El terreno del trabajo es un poco diferente. Mamá trabaja en casi todos los casos, a veces más que papá, porque, claro, todavía hoy en muchos trabajos a las mujeres se les paga un poquito menos que a los varones. El cambio de estas formas de poder y jerarquía social entre el hombre y la mujer que determinan el patriarcado es paulatino y el hombre no parece del todo dispuesto a entregar la carga de valor simbólico que lleva entre las piernas. ¡Para ser papá y para ser mamá hay que ser de una determinada manera! Y para ser dignos hijos de mamá y papá, ¡también!
La reproducción de los modelos de hombre y de mujer se ejerce y construye desde adentro de la familia. Los varones, luego de ostentar todo tipo de ropas celestes y azules, son anotados en escuelas de fútbol y demuestran sus “huevos” a través del deporte. "¡Qué salvajes estos chicos! ¡Qué vagos!". Las nenas, por el contrario, tienen inmediato acceso a todos los elementos necesarios para ser mamá: bebotes, ollitas de todos los tamaños y formas, kits para jugar a la maestra y un acceso más limitado a los deportes que, por supuesto, no incluye el fútbol. La formación de nenas y varones, con sus variantes, tuvo su basamento en las formas de la organización familiar. Esto logró cierta perpetuidad de estos modelos a través de las décadas, que sólo van variando a fuerza de lucha.
Si bien el gusto es, ante todo, una categoría subjetiva, está demostrado que hay también un entrenamiento y formación del mismo. No es producto de la “tan sensata naturaleza” el hecho de que a un gran porcentaje de las mujeres les “gusten” las novelas rosa. Tal es el caso de que al 99% de los hombres les "atraiga” tanto el fútbol. Es evidente que la educación y la exposición a determinado tipo de espacios favorece la “predilección” o, mejor dicho, construye una imposición bajo el sutil disfraz de lo "elegido".
Las significaciones sociales sobre un varón deseable o sobre una mujer deseable se enseñan a los niños desde bien chiquitos. Los cánones de belleza masculina (flaco, rubio, sin nariz grande, blanco, de ojos claros, canchero, hábil para el deporte) y femenina (muy flaca, bien rubia, nariz pequeña, blanca pero tostada por el sol, de ojos claros, canchera pero menos que él, poco hábil para el deporte) se incorporan de este modo. Luego los reproduciremos con iteración. Esto constituye la ficción más grande de nuestro sistema. Creemos elegir lo que nos viene impuesto. Asumimos como propias categorías que nos enseñaron como tales.
La imagen del gay y la lesbiana no responde a estas enseñanzas “tan bien” impartidas. La loca, tan femenina, a veces conventillera, torpe para el deporte, maltratada por los pares, sensible (aunque generalmente un poco víbora), no goza de la mejor reputación entre las formas de significación social. Nadie que haya aprendido bien lo que es un hombre "como Dios manda" o "como papá y mamá esperan" podría depositar su gusto en un especimen feminoide de estas características. La reproducción de este modelo entre los varones gay es una demostración contundente de homofobia interna. Homofobia aprendida, que ni siquiera se ve como tal. Frases como "para estar con una loca, entonces me voy con una mina" avalan estas afirmaciones. Los hombres son hombres "hechos y derechos" para el 96,96% de los varones gay. Nadie parece notar que si un hombre está "hecho" es porque entonces puede “hacerse” y, lo que es mejor, “deshacerse” o “rehacerse” o “inventarse” de mil modos. Nadie parece querer un “torcido”. Los perfiles de los usuarios de cualquier página de contacto entre varones gays (ratificando lo que pasa en el foro) insisten en buscar sexo “entre machos”, en tener “cero plumas” y, por si quedan dudas, autodefinirse como "onda nada que ver". Algo así como: "somos putos pero no somos putos", "somos putos pero lo queremos borrar a cero", "somos putos pero no nos bancamos ser putos", "somos putos pero mirá que somos hombres hechos y derechos", "por favor, somos putos pero no nos parecemos a esas locas abominables", "sí, ya sé que somos putos... pero te juramos que ni lo parecemos”, “somos putos pero no nos queda otra”.
Lo irreverente de ser puto o torta y que se note tiene que ver con poner en duda estos modelos tan fijos y tan instalados, incluso dentro del propio colectivo gay/les. Una propuesta muy interesante, en este sentido, es la que hacen las chicxs de la “Asociación Argentina de Chongos”. Haciendo gala de sus ganas de ser y manifestarse simplemente como les place, proponen revalorizar esas características que, puestas en una mujer, son desdeñadas sistemáticamente. Encontrarse con los propios costados masculinos y femeninos, en interacción y resignificados es fundamental para poder saberse un lindo varón que revolea las caderas al caminar, o saberse una linda mina que, en vez de revolear las caderas, tiene una notable cadencia en sus hombros. Cuando las chicas que así les plazca puedan ponerse las canilleras, tanto como los varones podamos llevar con orgullo los concheros, entonces estaremos proponiendo modelos más abiertos para desasirnos de una de las formas más crueles de sujeción (sino la más) de nuestra cultura.

viernes, 8 de agosto de 2008

Silvina Garré en El Condado el 27/11/2004


Silvina Garré es una de las cantautoras más representativas de la música argentina, que alcanzó un brillo de particular popularidad durante la década del 80, consolidándose como una de sus figuras más emblemáticas. Su horizonte creativo abarca ritmos como el folk, el folk rock, el pop y la balada. Cultora de la música del Brasil en la Argentina, Silvina es una de las intérpretes predilectas de Caetano Veloso, quien le dedicó su libro "Verdade Tropical" por considerar que es quien mejor canta sus canciones. Representante femenina de la Trova Rosarina, desembarcó en Buenos Aires en 1982 de la mano de Juan Carlos Baglietto y acompañada por Fito Páez, Rubén Goldín, Sergio Sáinz, Jorge Fandermole y Adrián Abonizio, entre otros. El aporte estético de este grupo de músicos de Rosario fue tan notorio que no tardaron en proyectarse en forma solista y consolidar trayectorias individuales.
La carrera artística de Silvina Garré incluye doce registros discográficos, de los cuales nueve fueron realizados como solista, uno a dúo con Juan Carlos Baglietto y otros dos como miembro de la Trova Rosarina. Además, publicó en 1993 su –hasta el momento- único libro de poemas “Pena Privada”, con la intención de plasmar sus escritos en un formato más libre que la canción.
Actualmente, es inminente la edición de su última placa “Canciones sin tiempo” en que redescubre lo más clásico de su repertorio en nuevas versiones, acompañada de su banda y el aporte de un cuarteto de cuerdas. Entre los temas más representativos cabe mencionar “Diablo y alcohol” (registrada recientemente por Ricardo Montaner en el álbum “Las mejores canciones del mundo”); “En blanco y negro (Buenos Aires)”; “Para hablar de mi amor”; “Casi una zamba” o “Canción del pinar” del rosarino Jorge Fandermole.
Silvina es una artista versátil que reconoce entre sus influencias a Joni Mitchell, James Taylor o los argentinos Charly García y Luis Alberto Spinetta, entre otros. Sus composiciones están dotadas de ricas metáforas e imágenes que, lejos de lograr un lenguaje artificioso, recaen en un uso sutil y delicado de la palabra, que se convirtió en su sello personal.
Un paréntesis musical de doce años separó su álbum “Nuestro lenguaje sagrado" de 1995, del esperado “El deseo” editado en 2007. Sin embargo, durante esos años de ostracismo, Silvina no permaneció inactiva y se graduó como psicoanalista. Asimismo vivió en la ciudad de Miami, donde compartió su experiencia artística con numerosos músicos de la escena latinoamericana. Con presentaciones esporádicas en diversos puntos del país, mantuvo el contacto con su público y formó su actual banda de la mano de Diego Clemente y el grupo NAN. Con estos músicos, fue depurando lo más nuevo de su repertorio, que ya fue aplaudido por el público y la prensa especializada.
Como representante de la música argentina, Silvina se integra a las grandes voces latinoamericanas, con quienes comparte el canto como profesión cuyo principio fundamental es la búsqueda de la belleza, sostenida por la ética del arte responsable y creativo. Es por este motivo, que en 1988 Mercedes Sosa la convoca a participar del espectáculo "Sin fronteras" realizado en el estadio Luna Park junto a artistas de la talla de Beth Carvalho, Amparo Ochoa, Lilia Vera y Teresa Parodi, además de la propia Sosa.
Enumerar estos aspectos de su trayectoria es sólo una forma de aproximarse a la figura de una artista que sólo se puede conocer de manera integral abordando sus canciones, ya que, fiel a sus principios, nunca trabajó de personaje y se mantuvo lejana de ciertas frivolidades del medio artístico. Con la energía depositada en su talento y en la magia de su voz, la experiencia de escuchar a Silvina, es la comprobación de que todo buen arte se logra con talento, pero además hay que asumir una ética y un proyecto cuyos valores expresa ella misma de la siguiente manera: “yo trato de no perder el horizonte. Yo todos los días de mi vida trato de tener buena memoria en relación al por qué estoy en esto. Y estoy en esto de la música para expresar lo que siento y no traicionarme. Para compartirlo con otros, representar a otros. Porque pienso que, a veces, represento y digo cosas que otro quisiera decir. Y eso acerca la gente a mi música... Pero, fundamentalmente, lo hago para expresarme y para lograr una comunión afectiva con los demás. Y eso no hay que perderlo nunca de vista. Ni por todo el oro del mundo...” (Mina de Rock de Karim González, Entrevista a Silvina Garré, Editorial Atuel, 1997).

SOBRE EL DISCO

Estos audios fueron grabados por mí en una presentación de Silvina en "El Condado" el día 27 de noviembre de 2004. Fueron tomados con grabador periodista, son de aire, por lo tanto el sonido no brillante, pero sí audible. Si bien están contaminados por cierto sonido ambiente, algunas voces alrededor que cantan las canciones o susurros. Me parece que estas interferencias (que no llegan a invadir totalmente la expresión de la cantante) invitan al oyente a participar, como uno más del concierto.
Este recital fue muy particular en cuanto al repertorio que Silvina eligió, lo cual se refleja en la cantidad de temas inéditos que contiene el registro. Lo más interesante para destacar es que, además de reflejarse a la Silvina creadora, puede comprobarse cuáles son sus influencias, cuáles son los temas que ella misma escucha y gusta transmitir. Además, temas que van desde Frank Sinatra, a Elis Regina, pasando por Alison Krauss, Vinicius de Moraes o el rosarino Jorge Fandermole, son el mejor ejemplo de la ductilidad artística e interpretativa de Garré.
Respecto a su trayectoria, esta presentación demuestra una fase inicial al trabajo que encaró con su álbum “El deseo”. Acompañada por Marcelo y Alejandro Devriés y Diego Clemente, todavía no había formado su actual banda, con quienes registrara sus últimos discos. Asimismo, esta grabación es un aporte para comprobar cómo fue la evolución artística de Silvina durante sus doce años de ostracismo.

Lista de temas:

01 - Quien quiera oír que oiga (Eduardo Mignona - Litto Nebbia)
02 - Otros pájaros (Silvina Garré)
03 - Casi una zamba (Silvina Garré)
04 - Mon amour (Nilda Fernández)
05 - Monedas al aire (Carlos Varela)
06 - The way you look tonight (Frank Sinatra)
07 - É com esse que eu vou (Pedro Caetano)
08 - Tarde em Itapoã (Toquinho - Vinicius de Moraes)
09 - Dondequiera que esté (Silvina Garré)
10 - I will (Alison Krauss)
11 - Solamente una vez (Agustín Lara)
12 - Hasta quebrar (Silvina Garré)
13 - É com esse que eu vou (Pedro Caetano)

Músicos: Alejandro Devriés (teclados), Marcelo Devriés (guitarra), Diego Clemente (guitarra, percusión y accesorios).

Bajar el disco


Para visitar a Silvina en la web y conocer más sobre su trayectoria pueden dirigirse a:

Sitio oficial de Silvina Garré
Sitio de fans de Silvina Garré
Myspace oficial de Silvina Garré

domingo, 20 de julio de 2008

De putos, traviesas, maricas y tortilleras


El modelo socioeconómico capitalista occidental organiza sus relaciones sociales sobre la base de la institución de la familia y el matrimonio. Por lo tanto, gays, lesbianas, travestis, trans y bisex no pueden encuadrarse dentro de dicha organización. En consecuencia, surgieron dispositivos de persecución hasta la negación de la otredad y la diferencia. El lenguaje fue fue uno de los vehículos de dominación más fuertes imprimiendo a las palabras que nos designan cargas peyorativas ancestrales. Así, somos putos, tortilleras, maricas, travas, invertidos, marimachos, etc.
La articulación del movimiento gltb en dispositivos militantes, como la marcha del orgullo y diversas organizaciones en todo mundo, ha logrado, sin embargo, notables reconocimientos sociales y civiles que llegan hasta el matrimonio pleno y la adopción. Pero también ha demostrado una conquista que nunca parece resolverse del todo, dejando espacio a una tensión fundamental de la problemática gltb. ¿Cómo son los modos de integración? Una nueva palabra “gay” recorrió el planeta luego de aquel Stonewall norteamericano y pareció instalarse como la nueva categoría del homosexual a nivel global. Pero cuando decimos gay, ¿qué decimos? Decimos alegre y también designamos a un homosexual que se autopercibe como tal y que funciona dentro del modelo social occidental. ¿Un gay debería “integrarse” a ese modo de organización social capitalista basado en instituciones como la familia?
Las palabras puto, marica, tortillera, marimacho, torta, trava y demás adjetivos descalificativos parecen ser mucho más injustos a la hora de designarnos. Pero ¿no se encuentra justamente ahí el espacio donde se demuestra que esa integración nunca es plena? Si asumimos estas palabras como propias contribuimos a repensar los modos en que se ha instalado lo queer en la sociedad y también encarnamos, en la forma de autopercibirnos, cuáles son las luchas y cruces que se producen a nivel social. Designarnos sólo como “alegres”, conlleva una imagen mucho más próxima a la del homosexual blanco, de clase media, con un buen pasar económico y que basa su integración a las sociedades capitalistas en la participación en un mercado que le ofrece espacios determinados de circulación y consumo.
Replantearnos las palabras será, luego, replantearnos la forma de construir nuestra identidad. Será también asumir la lucha como marca histórica de nuestro posicionamiento y también abrirá el espacio requerido para la búsqueda por un reconocimiento social que no se base en formas de integración impulsadas por estrategias de mercado.
Putos, maracas, tortilleras, travas, tortas, maricas, maricones, binormas, bomberos, camioneras, traviesas, invertidos, desviados, perversos entre otras son muchas de las posibles brechas que tenemos para reconstruirnos a la hora de repensar nuestra identidad colectiva.




Fuente de las imágenes: Homoxidal 500, Nº 1 & 2.

lunes, 14 de julio de 2008

Fotos viejas


Las fotos eran viejas, muy viejas. Algunas de hace más de 50 años. Y las caras eran otras. Posaban como si la foto fuera un verdadero evento, un logro de la técnica que no era tan usual conseguir. Las mujeres disponían sus afeites: maquillaje, peinados altos y hasta vestidos. Los hombres, gomina, algún que otro traje. Los niños de pantalones cortos, siempre. Y en la foto, como encerrado, el tiempo. El que de tan presente a veces se nos vuelve imperceptible y, sin embargo, está ahí impreso en los cuerpos que lo llevan como marcas, como historia.
Por momentos la foto parece congelada, como si no fuera real, como si esas personas nunca se hubieran movido, como si terminado ese instante no se hubieran sentado a comer o a dormir, como si esos cuerpos no hubieran latido en algún momento. Qué estaría pensando esa señora en ese momento? Se sentiría feliz?
Las fotos se suceden. Las caras pertenecen al pasado. Son caras que ya no están, historias que quedaron en el papel y en la memoria de algunos. Y las caras, muertas, muestran la propia historia, la transformación. El resultado final es el tiempo y la presencia implacable, escondida, entre rincones de ese miedo, el mayor que nos avisa que algún día sobreviviremos sólo en el papel.

domingo, 29 de junio de 2008

La cultura no se negocia


Cualquiera que se disponga a acceder a los bienes culturales más diversos, en la Argentina, se va a encontrar con una poco grata sorpresa, que demuestra lo lejos que estamos de poder proclamarnos capital cultural de ningún lado o, en todo caso, develará la proximidad con que vivimos del mítico país de Nomeacuerdo. Conseguir un libro, un disco o una película en este querido suelo parece ser una tarea por lo menos titánica, en la que deben intervenir una fuerte dosis de perseverancia, suerte, ganas y tesón. Y todo eso siempre y cuando no sea urgente conseguirlo, porque en ese caso sería conveniente declararse fracasado aún antes de haber empezado la búsqueda. Sucede que el mercado de bienes culturales sólo realiza una oferta mínima de sus catálogos y que en la mayoría de los casos es totalmente reduccionista y fragmentaria. Nombres de artistas de la talla del mismísimo Carlos Gardel, no tienen asegurada su obra en las bateas de ninguna disquería (imagínense todos los que no son Gardel). Por el contrario, modernas ediciones para turistas con plateadas letras en inglés anuncian la salida de "Carlos Gardel's Greatest hits", en innumerables compilaciones que, además, incluyen siempre las mismas piezas entre sí.
Construir algún tipo de análisis o comprensión de un hecho artístico, requiere, indefectiblemente, el estudio pormenorizado de una obra en su totalidad. De esta manera se podrá comprender la propuesta estética, sus puntos fuertes, sus costados más endebles, los matices que puedan darle riqueza y, además, la evolución artística que conlleva la vida de todo creador. Las posibilidades de pensamiento crítico, en este contexto, se ven retaceadas por el libre albedrío editorial y el manejo semi clandestino de copias pirata de los materiales.
Este recorte editorial de las bienes culturales, que mantiene a numerosos artistas viviendo a "grandes éxitos" (quisiera saber el significado de éxito ¿de ventas?, ¿de popularidad?, ¿creativo?), se sostiene en base al argumento de que hay artistas que ya no venden y que, por lo tanto, no es redituable invertir en la reedición de sus obras. La paradoja radica, justamente, en el sintagma que las denomina: ”bienes culturales”. Bienes económicos o productos de mercado, por un lado, pero a la vez artefactos que, en sumatoria, determinan la identidad de un pueblo. ¿Debería considerarse, entonces, a un bien cultural en los mismos términos que un simple bien de mercado y librarlo a la especulación de los inversionistas? ¿Deberían ser las empresas editoras las que deciden a qué accedemos en términos de capital simbólico? ¿No es acaso darles demasiado poder y someternos a un recorte, por lo menos, problemático?
Diversos espacios como blogs o los programas más variados de descarga demuestran un hecho popular que, verdaderamente, me conmueve. Muchas son las personas que, sin fines de lucro, trabajan para rescatar del olvido esos discos, esas películas, esos libros, que el mercado pareciera querer negarnos. Se forman redes que se encargan, solidariamente, de digitalizar vinilos, casetes, films, escanear su arte de tapa y ofrecerlos, compartirlos para que, entre todos, recuperemos un poco esa memoria, esa identidad que no es de ninguno, sino que es de todos, que nos hace nosotros, que nos devuelve a ser únicos, a ser "cada uno", a la interioridad y a la fraternidad que nos convoca. "Si a vos te duele como a mí" que ese disco ya no se pueda escuchar, que esa película ya no se pueda ver. Ese pareciera ser el lema de esas múltiples cofradías de rescatadores.
Frente a la proliferación de blogs que, además, cuidan celosamente la no publicación de material disponible para no perjudicar a los artistas. Frente a muchos creadores, que ofrecen su propia obra, cabe preguntarse ¿es cierto que esos bienes no son redituables? ¿es cierto que no son consumidos? ¿Cuánto hay de especulación por parte de las empresas que prefieren vender un millón en un minuto inflando a un "operación triunfo", para no esperar el lento pero permanente ritmo de ventas que conlleva la oferta de obras clásicas? ¿Tiene derecho una empresa a privarnos de nuestras obras de arte más queridas y la consecuente pulverización de la identidad cultural de un pueblo?
Vender arte no es vender remeras y el Estado debería proponer algún tipo de mecanismo para protegernos de esta dictadura simbólica que, además, promueve la superficialidad a través de operaciones de marketing que establecen la velocidad como parámetro en el consumo de obras. Ésto, por supuesto, implica una falta de profundidad en su compresión y un achatamiento de las ideas.
El "proteccionismo" cultural de este sistema capitalista radica, únicamente, en sostener la defensa de los derechos de autor, como modo de garantizar que el creador obtenga el consabido beneficio económico por la comercialización de su material. Una primera idea que considero importante señalar respecto de esto es que un artista, además de un creador, es un trabajador y, por lo tanto, alguien que merece una remuneración por lo que produce. Destierro esa idea que circula por el campo intelectual de que el artista que gana dinero es menos artista por eso. Todos necesitamos ganar dinero y eso no quita la legitimidad de una creación. El "amor al arte" es justamente elegir el arte como camino para ganarse la vida, pero de ningún modo creo que sea justo plantear que un artista deba regalarse para que su arte sea justipreciado como tal. Desde este punto de vista estoy de acuerdo con la existencia de derechos o cánones que reconozcan su labor. Pero por le otro lado, si toda una obra permanece fuera de catálogo ¿se protege al artista? ¿cobra algún canon? ¿Quién puede decidir si un artista le gusta, acercarse a su propuesta, si desconoce su material? ¿Acaso ese amor al arte, que hace que se lo elija como camino a seguir, no incluye la construcción de una forma de trascendencia cultural? ¿El respeto que se le debe guardar a un creador no presupone la conservación de su creación? ¿No es una forma de desidia esta operación de descarte?
Internet y su anárquica circulación de la información parece hacer ese trabajo que, desde el mercado editorial, no se lleva a cabo y las obras se disponen gratuitamente para todo aquel que las necesite (por supuesto, ese “todo aquel” nunca es realmente “todo aquel”, sino "algún aquel" que pueda acceder a internet, aclaración que limita en muchos el alcance de esa totalidad). Una fiel prueba de la raigambre identitaria del arte (si es que necesitara ser sometido a prueba) es que, como señalé anteriormente, y citando a Eladia Blázquez, “contra viento y marea hay montones de manos para hacer la tarea” y muchas obras completas han sido rescatadas ya del olvido, aún a merced del pataleo (y a veces más que eso) de las empresas contra los promotores de estos actos de justicia. Incluso en ocasiones en que los propios artistas han aprobado la difusión del material. ¿Qué protege más al artista: la preservación de su obra (aunque sea en forma gratuita) o mantenerla décadas (con suerte sólo décadas) en espera de que el dedo mágico de las reediciones la toque en suerte para poder ver la luz? En estas instancias es conveniente señalar que éste es un debate entre propiedad privada y cultura, donde gana, como era de esperarse, la propiedad privada. Ahora bien, ¿La propiedad privada de quién? ¿Del artista? Cánones minúsculos en relación con el precio de los productos finales, por un lado, y obras inaccesibles, por el otro, no parecieran demostrar que sean ellos los beneficiarios de este sistema legal. Privados quedan los músicos de su propiedad intelectual y privado el pueblo de su sesgo identitario. Todos rehenes de un sistema de mercado para pocos o, lo que es peor, para ser nadie desde el momento en que se nos niega la memoria. El mercado editorial, en cambio, consigue la habilitación necesaria para poder planificar su producción en serie, masiva y según la lógica de las grandes empresas, ganancia máxima con mínimos costos (costos económicos, desde ya, porque los costos simbólicos son altísimos).